I

Era una de esas veces en las que mis problemas, mis dudas existenciales eran más fuertes y grandes que yo. Hace mucho tiempo no estaba bien, había perdido todo tipo de contacto con la realidad (si es que existe), estaba lejos, muy lejos de mí. Ya no confiaba en nadie, y aunque nunca fui muy confianzuda, ya no confiaba ni en mi misma, no confiaba en el futuro, ni en la felicidad porque parecía imposible, inalcanzable. Veía a la gente ser feliz con tan poco, con su miserable y potencialmente mejorable cotidianidad y en el fondo de mi alma no les creía, no entendía como les alcanzaba con eso, me parecía una GRAN mentira como tantas otras.

En fin, era todo tan oscuro en mi vida que decidí buscar un poco de luz, entonces me fui lejos, físicamente lejos, deje todo. Siempre fui así, está encriptado en mi modo de ser, cuando tengo muchos problemas, cuando todo es insoportable me voy. No era nada nuevo, pero esa vez fue diferente.

El viaje fue largo, agotador. Estuve un día entero arriba de las nubes, pero literalmente, porque metafóricamente en ese momento siempre estaba arriba de las nubes. Apenas llegue, lo sentí: algo había cambiado. Algo exterior a mi, fuera de mi control, pero eso, que al día de hoy no puedo explicar, fue el primer paso para que mi vida cambiara para siempre, no solo fue una pequeña transformación del contexto, del ambiente, sino que fue el principio de una cadena de eventos, de acciones, que hicieron posible que este hoy acá, escribiendo mi historia.

Qué loco, ¿no?, como el mínimo detalle, algo tan imperceptible puede dejar una marca imborrable en la vida de una persona, para bien o para mal. El ser humano, como sujeto pensante, como sujeto ambicioso de un conocimiento último, verdadero, eterno, capaz de predecir el futuro y altamente inalcanzable, tiende a preguntarse constantemente qué hubiera pasado si el más ínfimo detalle, la acción más impensable no hubiera sucedido exactamente como sucedió, ¿dónde estaríamos si hubiéramos cambiado algo de nuestro presente inmediato? Eso mismo me pregunto yo, ¿qué hubiera pasado si en el momento en el que me baje del avión no hubiera tenido esas migrañas que me agarran siempre que vuelo, si no me hubiera sentado dos segundos a descansar, si mi primo hubiera llegado a buscarme a tiempo, si hubiera salido diez segundos después del aeropuerto? ¿hubiera conocido a la señora? ¿Era mi destino conocerla o fue pura casualidad?

Nunca pude establecer una diferencia efectiva entre destino y casualidad. Siempre pensé que las cosas pasan o no por una razón, pero después de vivir tantas cosas malas, ya no quería saber nada ni con el destino, ni las casualidades, ni la vida y sus razones, solo quería dormir cincuenta años o hasta que todo mejore, lo que pasará primero. Lo único que me consolaba en ese intento desesperado de empezar una vida nueva en un país completamente desconocido, era saber que mi primo estaba peor que yo: se estaba separando de una relación de siete años, tenía un trabajo que odiaba, había cortado cualquier tipo de lazo familiar hacía ya casi diez años, cuando se fue para cambiar su vida, empezar de nuevo, encontrar eso que todos buscamos y nadie sabe qué es; como yo. Yo era él hace diez años, solo que él ya había encontrado una constante estable en su vida, el fracaso. Sin suerte, sin amor, sin amigos, sin familia, sin felicidad, sin hambre, sin sueño, sin ganas, lo único que tenía era a mi, una prima con la que se llevaba veinte años, a la que no veía hace diez, que estaba perdida en el mundo y de la que se tenía que hacer cargo de alguna manera, aunque ni siquiera se podía hacer cargo de su vida. Claramente él estaba peor que yo.

Entre tantos pensamientos, no me dí cuenta de que habían pasado dos horas. Mi primo, obviamente, nunca vino a buscarme; era su naturaleza olvidarse, perder la noción del tiempo. Se estaba haciendo de noche, y quería dormir así que decidí tomarme un taxi hasta la casa de mi primo. No era lejos tan lejos para ir caminando, pero estaba muy cansada y no tenía fuerzas para llevar las valijas. Cuando estaba por subirme al taxi, de la nada, me choca una señora.
Pasó todo tan rápido que no la pude ver bien. Era morocha, creo. Al rededor de cincuenta años, creo. Tenía un vestido con flores rojas, creo. Fue un encuentro muy raro, no me dijo absolutamente nada y yo a ella tampoco, pero a penas se tocaron nuestras manos tuve una sensación tan intensa, inolvidable. Sentí que me vio por dentro, como si supiera todo de mi, como si pudiera escuchar todos mis pensamientos y ver mi pasado.

Me quedé helada, paralizada mientras ella me miraba con unos ojos marrones casi negros que gritaban "¡te conozco más de lo que podes llegar a conocerte a vos misma!". Ese instante pareció una eternidad, el tiempo verdaderamente se paró hasta que el taxista interrumpió con su bocina. Recién ahí reaccioné, "si, ya subo" le dije con palabras distraídas. Cuando volví a mirar a donde estaba la señora, había desaparecido.

El viaje en auto me despejó. Veinte minutos de mi actividad favorita: mirar por la ventana mientras todo lo de afuera esta en movimiento. Me encanta esa sensación, la vida en cámara rápida. Ansiedad infinita, todo es tan acelerado que ni siquiera hay tiempo para pensar.

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